Colectivo Silesia

(De)construyendo las distancias, que es gerundio.

Cañada Real

por Elena Serrano*.

Hay  mundos conocidos y mundos ignorados, y ambos comparten geografía con sutileza. En unos y otros mundos,  el ejercicio de la medicina resulta de la decisión política que define cuál es la forma social de la asistencia sanitaria1.

Inmersa en un mundo desconocido para mí voy descubriendo el teléfono de contacto directo, sin intermediarios, con la médica y el enfermero. La furgoneta, sin batería eléctrica suplementaria,  que mantiene la carga  gracias al técnico-conductor, que la conecta a la red cuando permanece en el estacionamiento del centro de salud. Todo ha de ir cargado antes de salir para allá: el ordenador, el móvil y demás aparatos que puedan ser necesarios en la consulta ambulante. El papel que se hace protagonista en forma de historias con cobertura de cartón rosa y una libreta recordatorio de los trámites pendientes, las interconsultas, las dudas, las peticiones y las entregas de tarjetas sanitarias, la medicación por reponer, etc…

Con la puesta a punto realizada y el uniforme azul-casi-gris, comienza el viaje hacia la primera parada.  El punto de encuentro, en este primer día de la semana, es frente a la Iglesia: un lugar conocido por todos. Allí, a primera hora, se realizan las extracciones de sangre y se atienden algunas consultas. Hasta ese punto llegan algunos caminando, otros en coche.

Nosotros llegamos en la furgoneta, que acorta distancias y ayuda a romper algunas barreras. Con ella atravesamos la autovía, que es el nexo a la carretera que, a modo de cinturón, delimita los territorios que hoy visitaremos. Un cinturón cuyas trayectorias semicirculares de la rotondas nos marcan un ritmo de velocidad más lento, algo que parece casi necesario para descubrir paulatinamente el contraste. De los bloques de edificios uniformes, de los parques, del macro-espacio de ocio y compras pasamos al escenario de los caminos de tierra y (semi) asfaltados, de la vía del tren veloz protegida, del río que transcurre por uno de los márgenes llegando hasta algunas fuentes, de las paradas de autobús en la periferia. No vamos solos por el cinturón, nos cruzamos con camiones, coches particulares, el servicio de transporte local y también hay coches de policía. Quedan en el interior de este cinturón escombros, basura y demás restos que van llegando desde la ciudad al vertedero municipal (oficial) y a otros vertederos (menos oficiales) en los que se venden los restos a precio más barato y que sirve (aún) de “trabajo” para algunas familias que allí habitan. También quedan dentro sus casas. La mañana transcurre transitando diferentes zonas de ese territorio delimitado por una planificación urbanística. Y me pregunto si no es ésta otra forma social de ejercer la política y el control.

Sin límite de edad ni condición, todo el mundo es atendido en la furgoneta y fuera de ella: el dolor, los métodos anticonceptivos, el control, los informes del hospital, la receta, los recién nacidos, la prueba de embarazo, las vacunas y las cartillas al día,los trámites administrativos, las consultas de la experiencia en el colegio o cómo acceder a aprender sobre un oficio… El tiempo pasa y parece transcurrir como de otra manera: aquí hay tiempo para los consultas, para las visitas a domicilio, para las llamadas de teléfono e incluso para llevar al paciente urgente al hospital más cercano. No hay agenda marcada, no hay batas y todos tienen en común, al menos, esa posibilidad de acceder a la consulta ambulante (incluso teniendo médico asignado en el centro de salud) y a casi nadie falta el argumento de algunos microrrelatos de su experiencia  homogeineizante con el sistema capitalista, más allá de las fronteras marcadas. Hay comunidades dentro de la comunidad territorial, etnias y nacionalidades, grupos y familias y todas las individualidades.

A media tarde, de vuelta a la ciudad, es cuando realizo estas anotaciones de mi primer día en este otro mundo. Un mundo desconocido, grande y pequeño, a la vez. A pocos metros del kilómetro cero, soy consciente de cómo el territorio que hoy hemos transitado es una isla que empieza y acaba siendo una exclusión geográfica, que dificulta el acceso al ascensor social2. También nos aleja de esa utopía de comunidades en las que se pudieran crear vínculos a diferentes escalas y dimensiones de la vida, personal y colectiva3.

Tan cerca y tan lejos estos mundos conocidos e ignorados.

Bibliografia

1.- Gadamer HG. El estado oculto de la salud, Barcelona: Gedisa, 1996.

2.- García-Altés A, Ortún V. Funcionamiento del ascensor social en España y posibles mejoras. Gac Sanit. 2014; 28. Disponible en:  http://www.gacetasanitaria.org/es/funcionamiento-del-ascensor-social-espana/articulo/S0213911114000934/. [Consultado 18/ 08/ 2016]

3.- Garcés M. (31 de octubre 2015). Vidas Mancomunadas. Diari Ara. Disponible en:

http://www.ara.cat/suplements/diumenge/Vides-mancomunades_0_1459654032.html  [Consultado 18/08/2016]

*En este texto quedan recogidas algunas de mis impresiones personales y,  por tanto subjetivas, de los cuatro días compartidos con Beatriz Aragón, Santiago Aguado y Manuel Vallejo y su consulta ambulante de atención primaria en Cañada Real (Madrid). Con ellos ha sido posible estar y descubrir otros mundos aislada de mi bata, de mis cuatro paredes y de mis gafas.

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