Colectivo Silesia

Desdibujar el poder: hacia la co-gestión en salud.

vicky

por Vicky López Ruiz.

“DEMOCRACIA. Es que los pensamientos lleguen a un buen acuerdo. No que todos piensen igual. Que la palabra de mando obedezca a la palabra de la mayoría, que el bastón de mando tenga palabra colectiva y no una sola voluntad. Que el espacio refleje todo, caminantes y camino, y sea así, motivo de pensamiento para dentro de uno mismo y para afuera del mundo.

*Leido en los muros del caracol Oventik, Territorio Autónomo Zapatista”

Hoy día, la participación se convierte en el fetiche del que hablar en múltiples contextos. El “mantra de la participación” se repite en un contexto de cooptación de lo social por lo institucional y en una realidad donde lo electoral lo inunda todo. Mientras tanto el acúmulo de crisis- migratoria, ecológica, de cuidados, económica, etc- cada vez ponen más de manifiesto la emergencia de la acción colectiva como la base de cualquier alternativa. Pero, ¿qué está ocurriendo en salud?

La salud despojada.

La progresiva sanitarización de los sistemas de salud y el alejamiento del paradigma de la salud colectiva, han construido unos imaginarios sociales en los que la participación en salud sólo puede ser concebida como un trasvase puntual del conocimiento por parte de los profesionales. Con la llegada, además, de la democracia de mercado, como razón de ser del pensamiento neoliberal, crece la participación entendida “como la capacidad de elección del consumidor” (recomendamos leer a Por una democracia sin capitalismo de Marcos Roithman para entender la compleja relación entre capitalismo y democracia). Con el disfraz del “derecho a elegir” se externaliza el concepto salud de las propias comunidades, convirtiéndola en un bien de consumo que producir a gusto del cliente. Nacen así muchos de los programas de participación que hoy tenemos desde las unidades de gestión clínica, que agotan sus objetivos en la mejora de los servicios eludiendo cualquier capacidad de transformación de realidades sociales. De esta manera se crean dos niveles de participación que van a estar claramente vehiculados por la clase social:

  • El aleccionamiento y el trasvase de información dirigido a las clases populares, personas dependientes, etc… (charlas de alimentación saludable, de higiene y autocuidado…)
  • El derecho a opinar sobre la calidad de los servicios por la llamada “clase media” (encuestas de satisfacción, investigaciones sobre la calidad de los servicios…)

Hace muchos años que Arntein hablo de su famosa escalera clasificando la participación según el rango de poder ciudadano y desenmascarando aquello que consideraba como falsa participación o “participación de fachada”. Aunque este análisis obvia mucha de la complejidad que hay detrás del concepto de la participación, si que consiguió introducir el debate de la resistencia de las instituciones a la cesión de poder. No es de extrañar que la OCDE redujese toda esta espectro a información, consulta y participación en las políticas públicas, despojándose así toda la cuestión alrededor del poder que plantea la participación.

Ahondando en este concepto, en 1984 Oakley sistematizó una clásica división del concepto de participación: por un lado, la participación entendida como fin, es decir, como “el acceso al poder de quienes se encuentran marginados del mismo” o la participación como un medio, es decir, como un recurso que permite que los programas lleguen a la población y obtener de ella la colaboración necesaria para su ejecución. O lo que es lo mismo, participación- poder y participación instrumental, respectivamente.

La participación como redistribución del poder

Hoy construimos participación desde instituciones verticales sin tener en cuenta, la mayoría de las veces, el transfondo de desigualdades sociales en el que nos movemos. Y lo que es peor, sin tener la prioridad de transformarlo y redefinirlo. Nos dotamos con una participación instrumental que se convierte en arma legitimadora de los que ostentan el poder y sus acciones.

La participación entendida como la democratización de la vida cotidiana, implica una renuncia de poder de aquellos que lo acaparan. Requiere una neutralización de los dispositivos de control y pasar de la objetividad científica– que esconde una ciencia construida por hombres blancos, occidentales, heterosexuales y de clase alta- a la suma de subjetividades construidas desde las experiencias, las representaciones y los imaginarios colectivos. Requiere unas instituciones – sanitarias y no sanitarias- con vocación desinstitucionalizadora.

Una participación entendida como actividad emancipadora que suponga una reapropiación de la salud por parte de aquellas a las que siempre les fue negada y que incluya una revalorización de los saberes populares, una aceptación de la comunidad como generadora de salud, una intención de construir en positivo- no desde la enfermedad- y desde lo colectivo… En definitiva, pasar de los espacios de participación ciudadana en salud a los espacios de co- gestión donde las desigualdades se desdibujan en el espejo del procomún. Construir más y mejor Salud Comunitaria

A modo de conclusión, os dejamos con el vídeo de la Declaración/manifiesto del Foro de metodologías participativas celebrado en Madrid, del 22-24 de Abril de este mismo año.

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