Colectivo Silesia

Fiebre, autismo y los problemas que se esconden.

Hace dos semanas la revista “Nature Molecular Psychiatry” (el título de la revista enamorará a nuestra querida Marta) publicó un artículo titulado “Fiebre prenatal y riesgo de autismo“. Unos días después, Redacción Médica decidió hacerse eco del artículo y publico un artículo titulado “La fiebre durante el embarazo puede aumentar un 300% el riesgo de autismo“.

 

El tema es un despropósito a diferentes niveles: I) a nivel periodístico, porque es un ejemplo de cómo no se deben comunicar riesgos en salud, además de tener errores garrafales típicos de interpretación de medidas de intensidad de asociación estadística, y II) a nivel taxonómico, porque debería hacernos poner el foco sobre qué ocurre cuando nos metemos a cruzar variables predictivas (fiebre, en este caso) cuando ni siquiera sabemos muy bien de qué variable desenlace (autismo) estamos hablando.

 

Vayamos por partes…

 

¿Cómo comunicamos los datos y cómo interpretamos las estadísticas?

 

En un artículo muy mítico de Gigerenzer (“Helping doctors and patients make sense of health statistics“) se diseccionan algunos de los aspectos más típicos de la mala comunicación de riesgos en salud. Uno de los aspectos fundamentales que comenta es el de utilizar frecuencias absolutas en vez de frecuencias relativas a la hora de comunicar resultados de la comparación de dos intervenciones.

 

Imaginemos dos grupos de personas: unas han estado expuestas a un contaminante y otras no. Dejamos pasar unos años y después analizamos en qué proporción han desarrollado una enfermedad determinada que creemos relacionada con la exposición al contaminante. En el grupo de personas expuestas, el 0.5% desarrollaron la enfermedad; en el grupo de personas NO expuestas la desarrollaron el 0.25%.

 

Estos resultados podemos presentarlos de diferentes maneras:

  • Las personas expuestas al contaminante tienen el doble de riesgo de desarrollar la enfermedad que las personas no expuestas.
  • Las personas expuestas tienen 0.25 puntos porcentuales más de riesgo de desarrollar la enfermedad frente a las personas no expuestas.
  • Es necesario exponer al contaminante a 400 personas para generar un caso de enfermedad.

 

La forma de comunicar riesgos no es inocente (e incluso en muchos ámbitos refleja valores muy entroncados con la mirada ideológica al objeto de estudio), de modo que comunicar como se hace en la primera de las tres opciones suele reflejar ganas de amplificar un efecto (o ignorancia de que eso se está haciendo), siendo percepciones más atemperadas y ajustadas a la realidad del efecto cuando se hace de las otras dos formas (insistimos en leer a Gigerenzer a este respecto).

 

Además de esta comunicación de datos un poco atolondrada, la noticia nos dejaba una joya que guardar para poner como ejemplo de cómo no interpretar algunas medidas de asociación estadística -fue cambiado con posterioridad, cuando varias personas les dijimos que la metida de pata era mítica-.

 

 

Al leer ese párrafo unx puede entrar en pánico… ¿uno de cada tres recién nacidos vivos de una madre que haya tenido fiebre durante el embarazo va a tener autismo? Al leerlo pensamos que era una barbaridad y que podíamos suponer de dónde venía el error (después enmendado en la web de la noticia al hacérselo notar -la captura de pantalla es previa al arreglo-); en la siguiente tabla se puede observar cómo la medida estadística OR (Odds Ratio o Razón de probabilidad) ajustada era de 1.34, lo cual quiere decir que la probabilidad de desarrollar autismo en las personas con fiebre (no una fiebre cualquiera, en el estudio original tipifican de qué forma, duración,…, era la que habían contabilizado) es 1.34 con respecto al grupo sin fiebre, que es 1.00; es decir, es un 34% superior al grupo sin fiebre, no la barbaridad dicha en la noticia originalmente.

 

 

Hace unos años dimos alguna charla sobre “Estadística con sentido clínico“… la comunicación en prensa de este trabajo es un ejemplo de mala comunicación de riesgos; el trabajo en sí se enfrenta además a problemas que van más allá de su significación estadística y hablan de su relevancia clínica.

 

¿Son todas las enfermedades investigables con los mismos métodos?

 

Ante la afirmación de que tener fiebre durante el embarazo aumenta el riesgo de que la criatura que nazca tenga autismo habría que hacer una puntualización notable. En realidad, lo que se aumenta es el riesgo de que dicha criatura sea diagnosticada de autismo… y a partir de aquí podemos dar la bienvenida a todas las discusiones habidas y por haber en torno a: I) la capacidad de estos estudios (casos y controles con una cohorte anidada) para darnos datos útiles para la práctica clínica (o para lo que sea más allá de la publicología) acerca de las exposiciones a factores relativamente inesperados como proxys de algún tipo de inferencia causal, II) la pertinencia de hacer estudios de brocha gorda con enfermedades cuyos criterios diagnósticos son de todo menos neutrales y cerrados (o nítidos).

 

En un post de la Asociación Madrileña de Salud Mental, Carlos Jordán rescataba un párrafo de Timimi, Gardner y McCabe en su libro “The Myth of Autism. Medicalising Men’s And Boys’ Social and Emotional Competence“:

“Es nuestra convicción que el autismo se ha convertido en una metáfora que engloba un conjunto muy diverso de conductas que sugieren la ausencia de las competencias sociales y emocionales necesarias para poder adaptarse a sociedades regidas por principios sociopolíticos neoliberales. Que este supuesto déficit sea una enfermedad mental supone una comunión tal entre el poder político-económico y la psiquiatría difícil de contemplar fuera de los regímenes totalitarios. El deseo de controlar, reconducir o incluso hacer desaparecer conductas que se apartaban de una cada vez más estrecha concepción de la normalidad ha perseguido a la psiquiatría a lo largo de la historia. El querer incluir a los solitarios en el extremo moderado del espectro autista debe hacer que nos preguntemos si estar solo, ser torpe o simplemente vergonzoso lleva camino de convertirse en una enfermedad que debe ser tratada”

 

Más adelante en dicho post Carlos Jordán escribe:

¿Por qué un concepto carente de validez cuyo sustento empírico es más que cuestionable no solo se consolida entre la comunidad científica sino que se aplica de forma epidémica en los últimos años?

 

Ante unas líneas como las leídas arriba, tal vez plantearse el poder de la fiebre en el desarrollo del constructo “autismo” sea cuanto menos complicado (y cuanto más inútil). En unos tiempos en los que los riesgos de lo denominado “la investigación como deporte” pueden incrementarse y atacar a la investigación consistente en “cruzar variables predictoras y dejarlo fluir”,  toda información que se plantee en un marco en el que lo social tenga algo de importancia (es decir, toda investigación) debería ser atravesada no solo por el ojo del rigor estadístico, sino mirar un poco más allá hacia el constructo que se quiere relacionar y ver si hay algo de criticable en todo esto.

 

Mientras tanto, mujeres embarazadas con fiebre y mujeres con hijxs con autismo: pasad de esa noticia.

 

Bonus track: hay un problema mucho más grande que el de la comunicación de riesgos y al nivel (o al menos en cierto modo relacionado) con el de los constructos diagnósticos que es la crisis de reproducibilidad de los estudios. Eso, y no la gente que cree en los chemtrails, parece ser la verdadera amenaza a la ciencia moderna.

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